La heredad de Aguas de Arucas y Firgas
“Siempre habrá nieve
altanera
que vista el monte de
armiño,
y agua humilde que trabaje
en la presa del molino.
Y siempre habrá un sol
también,
un sol verdugo y amigo,
que trueque en llanto la nieve
y en nube el agua del
río”.
León Felipe.
Índice
0.- Resumen.
I.- Introducción.
Canarias y el agua.
II.- Las Heredades.
III.- La acequia.
IV.- La Heredad de
Aguas de Arucas y Firgas.
IV. 1.- La fundación.
IV. 2.- Las acequias.
IV. 3.- Los lavaderos.
IV. 4.- Los molinos de agua.
IV. 5.- Las presas.
Apéndices:
A.- Terminología.
B.- Fotografías.
0. Resumen
Al mismo
tiempo que concluía la conquista de la
isla de Gran Canaria para la corona de Castilla, comienza la constitución de
todo el sistema de heredamientos, cuando por Real Cédula del 4 de Febrero de 1480, expedida por la
reina Isabel La Católica, exhortaba al conquistador Pedro de Vera a repartir
tierras y aguas entre caballeros, escuderos, marineros y otras personas, según
los merecimientos que estimase el partidor. Sin embargo el dominio y
aprovechamiento de las aguas de riego supone en Canarias unas peculiaridades
que únicamente en muy determinados lugares de la Península se conservan
actualmente vestigios, y ellos heredados del tiempo de la dominación árabe.
Lo
que diferencia nuestro sistema del resto de España es la propiedad de las
aguas. Mientras que en nuestras islas los caudales de agua de importancia son
de propiedad privada, en el resto de España son de propiedad pública. Ello,
entre otras cosas, determina una menor complejidad en el terreno legislativo,
ya que cualquier ordenanza puede ser válida y eficaz, sino para la totalidad,
si al menos para la mayor parte de las regiones o situaciones concretas que se
refieran al acceso, transporte, usos, etc.
Al
ser la propiedad de las aguas en nuestras islas privada, el legislador no puede
ir mas allá de lo que el Derecho Positivo le permite.
Dentro
de esta complejidad vieron la luz nuestras heredades, que en contra de lo que
pudiera suponerse no estuvieron formadas por terratenientes, o en este caso,
aguatenientes, sino que las conformaban pequeños agricultores que se unían a
otros para conseguir que el preciado liquido llegase de una manera eficiente
hasta donde era necesario.
I.
Introducción: Canarias y el agua.
Entre las aguas
existentes en las Islas Canarias, y en Gran Canaria en particular, las de mayor
relevancia son las privadas, sean estas
superficiales o subterráneas, mientras que las públicas, generalmente
restringidas a las pluviales, siendo escasas y discontinuas, no suponen
problema alguno, y en cualquier caso, lo solucionan.
En
esta tierra las aguas que no proceden del cielo hay que buscarlas en las capas
subterráneas, mediante pozos con unas profundidades del orden de los doscientos
cincuenta metros o en las galerías, algunas de las cuales superan los dos
kilómetros de longitud.
Para
el desconocedor de nuestra terminología y costumbres, podría sorprenderle la
gran cantidad de apelativos con los que adornamos todo aquello relacionado con
el agua. Así, usamos una terminología de lo más variado, desde términos
rotundos como “aguas de secuestro” o “agua gruesa” hasta los delicados como
“madre del agua”, pasando por “agua de hilo”, “agua de dula”, “agua de aviso”,
“fiestas del agua”. Si se habla de elementos de medida, nos encontramos con
expresiones tales como cubas, pipas, tancadas, azadas, surcos, cuartas, fieles,
arquillas, etc. Si a unidades de temporales nos referimos, existen divisiones
en función de la duración de la aguada: Días, horas, minutos y segundos. Si se
mide la superficie por donde pasará el
agua para establecer su cuantía, en ese caso se tiene en cuenta hasta el último
milímetro. Como anécdota ilustrativa de este aprovechamiento total y absoluto
del agua, cabe citar la cesión por parte de la Heredad de los Príncipes al
Convento de los Agustinos del Realejo de un real de agua, esto es, “el agua que
pasará por un orificio hecho en la acequia, del diámetro de un real Wamba”.
Para
lograr entender y situar convenientemente tan ilustrativa terminología, habría
que remontarse a las Reales Cédulas, que ya en la época de los Reyes Católicos,
y aún antes de concluir la conquista, ya se ocuparon del repartimiento de aguas
en nuestras islas, que algunos consideran que fue el ensayo para lo que luego
hubo de legislarse para el Nuevo Mundo, de tal forma que los primeros
heredamientos o heredades fueron instituidas a finales del siglo XV en las tres
islas de realengo de nuestro archipiélago, Gran Canaria, Tenerife y La Palma.
II.
Las Heredades.
Según definición de la Real Academia de la
Lengua, una de las acepciones de heredad es, sencillamente, un conjunto de bienes
raíces susceptibles de explotación y aprovechamiento, bien para utilidad
personal de sus dueños, o con finalidad mercantil.
Como
se ha dicho, las aguas privadas son las únicas significativas en Canarias, y
esa es precisamente la razón de ser de las heredades, en las que un conjunto de
personas que poseen la propiedad de terrenos en los que en sus capas subálveas
existe agua en caudal susceptible de
explotación, forman una comunidad que haga rentable y en ocasiones
posible, la puesta en oferta de este preciado bien. Si a esto se le añade la
escasez de este elemento en nuestra tierra, y por añadidura agudizada
secularmente en Gran Canaria, se comprenderá mejor la existencia, la
trascendencia y el prestigio de las heredades.
III.
La acequia.
Acequia
es una palabra de origen árabe (assáqya)
que designa a ciertas canalizaciones que sirven para distribuir el agua de
riego mayoritariamente. Hay constancia histórica del uso del agua de las
acequias tanto para el regadío como para llenar aljibes destinados al
abastecimiento de poblaciones. De Oriente Próximo a los países ribereños del
Mediterráneo para saltar el Atlántico y extenderse por América, es este el
viaje a través del espacio de las acequias, un fruto del ingenio humano que
transporta recursos hídricos a tierras convertidas al regadío, lo que les
permite ser más productivas, permitiendo el cultivo de plantas, arbustos y
árboles con más necesidad de agua que las aportadas directamente por las
lluvias. El agua de las acequias contribuye a producir más fotosíntesis en
forma de hortalizas, frutales u otro tipo de cultivo. La distribución y el
reparto del agua de las acequias, así como su mantenimiento (limpieza y
reparación) van indisolublemente ligadas a la consideración del agua como uno
de los más preciados dones, por escaso y necesario, además de un bien comunal.
Construidas
con materiales autóctonos, la red de acequias, en sus orígenes, no fue obra de
expertos; su trama a pesar de superar varios kilómetros de longitud no requirió
de una ingeniería especializada; el saber social de los agricultores convertido
en bien comunal, acumulado y transmitido de generación en generación, es el
autor colectivo de este peculiar sistema de riego, en definitiva, de este
sistema de generación de riqueza.
IV.
La Heredad de Aguas de Arucas y Firgas.
IV.1. La fundación.
La fundación de de
esta Heredad está fechada en los años
1545-1546. A pesar de tan antigua data como entidad,
no gozó de local propio hasta 1912, fecha de la conclusión de la edificación
del magnifico edificio, de construcción ecléctica, que constituye un destacado
elemento dentro del patrimonio cultural de la ciudad de Arucas.
La
primera constancia documental de la Heredad aparee en la escritura de
constitución del Mayorazgo de Arucas, otorgada por Pedro Cerón y Sofía de Santa
Gadea, fechada el 10 de Julio 1572,
entre cuyos bienes fundacionales constaban “…quatro
azadas de Agua corrientes perpetuas, que tenemos en la Azequia R1 yu nueva de
Firgas, que son las dos azadas en la dicha Acequia R1 por la madre de la
Acequia de Arucas…”.
Las aguas de la Heredad discurrían durantes
los siglos XVI hasta el último cuarto del XIX, juntamente con las de
Valsendero, con las del Mayorazgo y con
las de San Juan. Fue a partir de 1869 cuando fueron incorporadas a la Heredad,
juntamente con sus acequias, cantoneras, albercones y fincas, mediante la
escritura pública otorgada en Las Palmas de Gran Canaria por la viuda de D.
Bartolomé González, ante el Notario D. Manuel Sánchez, actuando como
representante de la Heredad su Alcalde-Presidente, D. Luis Ponce y Ponce, el
día 6 de Abril de 1869.
Hasta
esta fecha la Heredad se regía por las ordenanzas de Melgarejo –desplazado
desde la Corte por la Corona para que estableciese orden en las continuas
disputas que se venían produciendo en la interpretación de la Cédulas Reales- y
por los usos y costumbres.
A
raíz de la promulgación de la Ley de Aguas de 1866, hubo de acomodar sus
ordenanzas a este nuevo marco jurídico, para lo cual contó con la colaboración
de D. Amaranto Martínez de Escobar, siendo aprobadas sus nuevas Ordenanzas en
la Junta General del 19 de Agosto de 1883, ostentado en cargo de Presidente D
Rafael Ponce de Armas y el de Secretario D. Cleto de Matos Afonso.
IV.2. Las acequias.
En
los orígenes, y después del agua, estuvo la acequia como inequívoca distinción
cultural, estableciendo la diferencia entre la propia Naturaleza y la
intervención humana sobre el medio, ennobleciendo mediante su trabajo el
paisaje, en el sentido de utilizar unos recursos en el lugar en que más
precisos y útiles fuesen.
La
primera de las acequias de la Heredad de Arucas y Firgas que consta debidamente
documentada, fue la construida por Tomás Rodríguez de Palenzuela, en 1502, en
donde por los aborígenes era llamadazo Alfurgad - y por los conquistadores Firgas -, donde
junto a una ermita, igualmente por él construida, erigió un molino o ingenio
para moler la caña de azúcar, que utilizaba energía hidráulica. Precisamente a
Tomás Rodríguez le correspondió en los primeros repartos de tierras tras la
conquista, el naciente de Las Madres, desde donde construyó una acequia hasta
Firgas para posteriormente prolongarla hasta Arucas, donde igualmente poseía,
amén de más tierras, otros dos ingenios azucareros.
La
segunda acequia se debe a Juan de Ariñez, Escribano Mayor del Cabildo y
anteriormente secretario de la Reina Isabel la Católica, igualmente beneficiado
en los repartos de tierras, entre estas las que comportaban el denominado
naciente de Arinez –más tarde del Mayorazgo-, desde el cual hizo construir una
acequia hasta unirla en el paraje de Los Álamos, en Firgas, a la de Tomás
Rodríguez de Palenzuela.
Miguel
de Timagada fue beneficiado con los nacientes que posteriormente se denominaron
de San Juan, por donarlos a San Juan Bautista sus herederos, construyendo la
acequia que desde este alumbramiento llegaba hasta el Repartimiento, en Firgas,
uniéndose a la de Tomás Rodríguez.
Estas
son las tres acequias primigenias que desde los albores del siglo XVI conducen
las aguas de la Heredad, aún antes de que ésta existiese como tal.
Posteriormente,
ya en 1862, Bartolomé González
Rodríguez, dueño del Cortijo de Valsendero, fue quien construyó la acequia de
Valsendero, que conducía las aguas nacidas en Los Chorros, recogía las nacidas
en El Rapador y las llevaba hasta desaguar en la acequia de Ariñez,
constituyéndose como la cuarta de las más importantes acequias que conforman la
inmensa red que para el transporte del agua dispone la Heredad de Agua de
Arucas y Firgas.
IV.3. Los lavaderos.
Tal vez sea la confección de los
lavaderos una de las funciones sociales, de entre las muchas que a través de la
historia ha llevado a cabo la Heredad, con más trascendencia en el quehacer
cotidiano de los habitantes de los caseríos por los que discurrían las acequias
de la Heredad. Al igual que un río conveniente domesticado, el agua recorría
los distintos pueblos y parajes de la geografía de los municipios de Firgas y
Arucas, y aunque el fin de este paso estaba de antemano decidido, y estaban
plenamente identificados sus destinatarios, no por ello se impedía que los
vecinos se beneficiaran de ese flujo de vida que ante ellos pasaba.
Por
ello, siempre que se le solicitó, la Heredad no puso objeción alguna a la
construcción de los lavaderos, y no sólo lo permitió de buen grado, sin recibir
a cambio compensación alguna, sino que además en la sesión del 14 de Marzo de
1869, se acuerda la compra de una cantera de piedra azul, de la que estaban
fabricados estos lavaderos, situada en El Cerrillo a Salvador Ramos, por
importe de 700 pesos, ya que de esta cantera procedía la mejor fonolita para la
elaboración este elemento tan característico como útil de las acequias.
Para
que las aguas circulantes no perdiesen su potabilidad, regían ordenanzas para
su uso; así por ejemplo, sólo se permitía el lavado en las acequias en el
horario comprendido entre las 8 de la mañana y las 2 de la tarde.
En
las ordenanzas de Melgarejo, vigentes desde el 4 de Diciembre de 1531,
prescribían al respecto, lo siguiente: “otro
sí, que los señores de engenios, ni otras personas no sean osados de hechar ni
hazer lavar ni remojar formas en las acequias, ni cobre alguno, ni pescado, e
quando lo quisieren haser sea en albercones e hoyos desbiados de las dichas
aseaquias, donde no le hagan perjuicio, so pena que el que …”
Aparte
de la función social y sanitaria que cumplían los lavaderos, no dejaba de ser
un exponente del arte de los labrantes de la piedra azul de Arucas, producto y
arte que perdura hasta nuestros días, siendo una de las fuentes de riqueza del
municipio.
Hoy,
los lavaderos que permanecen incólumes, son mudos testigos de un pasado no tan
lejano donde se unía al rumor del agua las voces con las buenas y malas
noticias, los cantos y las confidencias
de unas vecinas a las que
fundamentalmente les preocupaba el bienestar y el progreso de sus familias.
IV.4. Los Molinos de agua.
La
caña de azúcar, traída desde las islas de Madeira por Pedro de Vera a la
conclusión de la conquista, se convirtió en el más importante cultivo de la
isla de Gran Canaria en el siglo XVI. Para su transformación en azúcar se
crearon los trapiches, ingenios azucareros que utilizaban energía hidráulica
para realizar su función. Junto a estos no era extraño encontrar como su alter
ego los molinos harineros, o “de pan moler”.
Pedro
Agustín del Castillo, en “Descripción Histórica y Geográfica de las Islas de
Canarias”, describe que “fue grande de su
comercio de azúcares, moliendo en solo esta isla (Gran Canaria) 22 ingenios, algunos hasta los años 1.650”.
A comienzos del siglo XVII se produjo la
decadencia del cultivo de la caña de azúcar al ser más rentable su explotación
en el Nuevo Continente, por lo que fue proverbial para los canarios la
importación desde Méjico, del maíz, o “millo”,
que alternando con la cebada y el trigo, fue la base del sustento de los
canarios: El gofio.
El
gofio, conocido y utilizado en su dieta por los guanches se obtenía de la
molturación en molinos de mano de los granos de cebada o trigo. A partir de esta
época es cuando los molinos impulsados por energía hidráulica alcanzan su
máximo auge, aunque sin llegar a desplazar del todo a los molinos de mano
primitivos.
Los
elementos de un molino eran: El canal que conduce al agua hasta el cubo; el cubo, generalmente de
obra con forma circular, donde cae el agua con la suficiente fuerza para mover
el molino. Dentro del molino, encontramos la tolva, o receptáculo de madera donde se
vuelca el grano a moler; la
canaleta,
por la que va cayendo el grano desde la tolva a las piedras del molino; las piedras, que son las que
llevan a cabo efectivamente la molienda, y que son dos, la piedra de arriba y
la de abajo, que es la que permanece fija, sobre la cual gira la superior; el tambor, o cerramiento de
madera alrededor de las piedras, y cuya finalidad es recoger el gofio que sale
entre las piedras; la
biquera
o conducto que lleva el gofio desde el tambor a los sacos, y por último el avisador, artilugio que
tenía por finalidad avisar cuando estaba próximo a terminarse el grano de la tolva.
Los
molinos que aprovechaban la circulación del agua por las acequias de la Heredad
de Arucas y Firgas, no tuvieron carácter comunal, sino que cada uno era fruto
del esfuerzo de su propietario y su rendimiento era la retribución de su
inversión y trabajo. La Heredad, al autorizarlos, y como sucediese en el caso
de los lavaderos, nunca persiguió ánimo de lucro alguno, muy al contrario,
siempre se mostró dispuesta a su instalación, protegiendo su funcionamiento.
IV.5. Las presas.
Como se ha dicho en apartados anteriores, a
principios del siglo XVII comenzó el declive del cultivo de la caña de azúcar,
lo que motivó la introducción del millo y la papa entre otros cultivos en las
Islas Canarias. Perdido el mercado del azúcar a favor de Brasil y otras
colonias americanas, se vuelve al cultivo de la vid , así como todo tipo de
hortalizas y frutas hasta entonces desconocidos aquí, pero que ya habían tomado
carta de naturaleza en el resto de Europa.
Así
llegamos a 1825, año en que D. Santiago
de la Cruz introduce en nuestra
agricultura y consecuentemente en la economía de Gran Canaria un nuevo cultivo,
que al contrario de los hasta la fecha conocidos no precisaba apenas cuidados,
tanto fue así que costó no pocos esfuerzos convencer a los agricultores de
que se trataba no de una plaga sino de
una fuente importante de riqueza. Se trataba de la cochinilla, cultivo que
únicamente necesitaba de unas tuneras a las que se “contaminaba” con el insecto
productor, y ¿qué precisa la tunera o nopal para crecer? Tierras fértiles y
ligeras, poco agua, ausencia de frío y tormentas y, sobre todo, calor. Talmente
las Islas Canarias.
Pero
al igual que en épocas pasadas, la
economía tiene sus propias leyes y de nuevo se pierden los tradicionales
mercados de Europa a los que vendíamos la cochinilla, exportación que en el año
1885 alcanzó el valor de 32,0 millones de pesetas.
Tal
y como venía preconizando D. Domingo J. Navarro, era necesario lo que, en
términos económicos actuales podíamos traducir por “diversificación de la
producción”; pero nadie le quiso escuchar y muchos menos entender. En esas
andaba nuestra maltrecha economía cuando de nuevo irrumpe en nuestra sociedad,
por entonces eminentemente agraria, un nuevo cultivo, esta vez procedente de las
costas de Guinea: Se trataba del
plátano.
Viera
y Clavijo lo alaba cuando escribió “nada
es más delicioso que el aspecto de aquellos platanares o plataneras, cuya
amenidad de hojas incomparables, singulares troncos y granes racimos de la
fruta más sabrosas del mundo, dan no sé que aire indiano a nuestra tierra”.
Este nuevo cultivo, así como los citados de
frutas y hortalizas demandaban una cada vez mayor cantidad de agua, que en
verano o en las tan frecuentes como largas etapas de sequía, hacían que no sólo
la demanda, sino lo que era más importante, su precio, alcanzasen cotas
insospechadas.
Por
ello en 1862 se procedió a la incorporación a las aguas de la Heredad de los
caudales de las acequias de Valsendero y en 1869 de las de San Juan y Mayorazgo.
El incremento de tierras ganadas para el cultivo y su puesta en valor
continuaba demandando mayor cantidad de agua, por lo que ya en 1857 existe
constancia documental de la preocupación en la Heredad por la falta de lugares idóneos para el embalsamiento de
agua. En la Junta General del 29 de Marzo de 1857 se nombra una comisión, cuyos
objetivos eran, de una parte, estudiar el mejor aprovechamiento de las aguas y
por otra, el estudio de lugares susceptibles de la ubicación de albercones,
señalando entre los posibles lugares, el barranco del Brezal y el Caidero del
Pinto.
No
será hasta 1883, en que en una larga y técnicamente bien documentada petición,
uno grupo de herederos plantean a la
Junta General de la Heredad la construcción de una presa. Además de los
estudios de viabilidad, tanto de ingeniería como económicos, plasman en el
escrito el número de fanegadas que podrían regarse con el agua que podría
embalsar la presa, etc.
En
1897, se toma el acuerdo de construir la presa. Al año siguiente se formaliza
un empréstito por importe de 75.000 pesetas, valor nominal de la obligación,
250 pesetas, al interés del cinco por ciento. El 23 de Abril de 1899 se procede a la colocación de la primera
piedra de la futura Presa de Abajo en el
Barranquillo del Pinto.
El
proyecto de esta presa, la primera de las existentes en el barranco citado, fue
realizado por el arquitecto D. Luis
Maffiotte, según proyecto de 1867, siendo el director de las obras el ingeniero
de Caminos, hijo de Arucas, D. Orencio Hernández Pérez. Las obras duraron desde
1899 hasta 1906, aunque ya en 1901, se repartió agua procedente de este
embalse.
La Presa de Arriba,
fue acordada su construcción en 25 de Diciembre de 1902, con un proyecto del
también aruquense, que posteriormente sería Presidente de la Heredad, el
ingeniero D. Manuel Hernández Pérez.
La
capacidad de embalse de la Presa de Abajo, es de 492.757,74 metros cúbicos y la
Presa de Arriba es capaz de embalsar 257.903,80 metros cúbicos.
APENDICES
Apéndice
“A - 1”: Terminología.
Significado
de palabras relacionadas con el agua, algunas de las cuales aparecen en este
trabajo.
Agua
de hilo.- Porción de agua que se reparte en vez de 12 horas, en las 24 horas
del día.
Azada
de agua.- Una de las unidades en que diariamente se divide y distribuye el
caudal de agua. El caudal de la Heredad de Arucas y Firgas se divide en 24
azadas diarias.
Boquera.-
Boca por la que sale el agua de una cantonera.
Caja
de reparto.- Caseta de obra construida sobre la cantonera, protegiendo a ésta,
de forma que no puedan abrirse o cerrarse las boqueras de reparto mas que por
el acequiero.
Cantonera.-
Es el seno construido de cantería en la acequia para detener en él las aguas
que ésta conduce y darle salida por las boqueras que se abren, según el caudal
que corresponda.
Clica.-
Pieza para medir y partir las aguas que salen por la boquera.
Dula.-
Es el período de días naturales y consecutivos que transcurre para que el
caudal de agua quede repartido entre todos sus propietarios. La dula de la
Heredad es de 31 días.
Escurres.-
Una vez cerrada la boquera, el agua que discurre por la acequia.
Heredad.-
Es el personal o mancomunidad a que pertenece el agua.
Heredamiento.-
Es el caudal de agua.
Hila
de agua.- Cantidad o medida de agua de 2 palmos de ancho por uno de alto.
Hila
real de agua.- Cantidad de agua que en determinado tiempo se toma de una
acequia por un orificio de un palmo cuadrado.
Limnígrafo.-
Aparato para medir el paso de las aguas, leida en metros cúbicos.
Merma.-
Fallo de agua en la boquera.
Paja
de agua.- Pequeña porción de agua.
Tablilla.-
Trozo de madera de 80 mm. de altura colocada en la boquera, para medir los
milímetros de la azada.
Vitola.-
Pequeño trozo de madera o metal, para medir la altura del agua que discurre por
debajo de la tablilla colocada en la boquera.
Apéndice
“A – 2”. Equivalencias.
Cinco
cuartos.- 5 pesetas.
Escudo.-
2,50 pesetas.
Maravedí.-
Aparte de otros valores efectivos o imaginarios, su valor legal era de 3 céntimos.
Peso
corriente.- 15 reales de vellón.
Peso
duro.- 8 reales de plata ó 20 reales de vellón ó 2 escudos.
Real.-
25 céntimos de pesetas.
Real
plata.- 2 reales de vellón.
Real
de vellón.- 34 maravedises.
Tostón.-
1 peseta y 25 céntimos.
Un
cuarto.- 3 céntimos o 4 maravedises de vellón.
Un
ducado.- Moneda de oro de 375 maravedises u 11 reales de vellón y 1 maravedí.
Fanegada.-
5.503,66 metros cuadrados ó 12 celemines.
Celemín.-
458,64 metros cuadrados ó 4 cuartillos.
Braza.-
3,47 metros cuadrados.
Vara.-
0,8359 metros.
Palmo.-
La cuarta parte de una vara.
Apéndice
“B”, fotográfico.
Foto
1.- Acequia a su paso por Guayedra.
Foto
2.- Acequia con lavadero en Santidad.
Fotos
3 y 4.- Cantonera de Los Castillos.
Foto
5.- Acueducto de Las Paredes.
Foto
6.- Cantonera y boqueras en Los Castillos.
Foto
7.- Cantonera Real.
Foto
8.- Edificio de la Heredad.
Fotos
9, 10 y 11.- Lavaderos en Los Chorros.
Foto
12.- Presa de Abajo.
Foto
13.- Presa de Arriba.
Foto
14.- Cantonera con boqueras bajo Caja de Reparto en Los Castillos.














Bibliografía
Función
social de la Heredad de Aguas de Arucas y Firgas a través de su historia.
Riskallal Santana, E.
Fundación Mapfre Guanarteme, 1990.
Guía
Histórico Artística de Arucas.
Hernández Padrón, A.
Cabildo Insular de Gran Canaria, 1996.
Arucas.
Guía Turística.
Almeida Pérez, R. y Álvarez Reguero, A.
Cabildo Insular de Gran Canaria, 1994.
Historia
de la Heredad de Aguas de Arucas y Firgas.
Rosales Quevedo, T.
Ayuntamiento de Arucas. 1977.
Recursos de Internet.
www.mma.es
(Ministerio de Medio Ambiente)
(Gobierno de Canarias)
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